Hay obras en la historia de la animación japonesa que poseen una cualidad casi curativa, una ternura tan genuina y artesanal que parece un bálsamo para el espíritu moderno. Estrenada en 1984 por Toei Animation, Tongari Boushi no Memole (conocida en muchos países hispanohablantes como La pequeña Memole) es precisamente uno de esos tesoros perdidos: un cuento de hadas nostálgico, repleto de melancolía luminosa y belleza pastoral.

Un encuentro predestinado entre dos mundos

La premisa nos introduce a Memole, una de las pequeñas habitantes del planeta Riruru que, tras un forzoso aterrizaje de emergencia en la Tierra, se ven obligados a convivir en secreto en un entorno natural desconocido. Con un tamaño tan diminuto que podrían reposar en la palma de una mano humana, el mundo terrenal representa para ellos un reino inmenso y lleno de misterios.

El punto de inflexión de la historia ocurre cuando Memole, guiada por una melodía de piano etérea y solitaria, descubre una imponente mansión. Allí yace Marielle, una niña humana postrada en cama por una frágil salud y sumida en una profunda soledad. Conmocionada al verla al borde de la muerte, Memole derrama una lágrima sobre sus labios; un gesto de pura empatía que marca el inicio de una recuperación milagrosa y forja una de las amistades más puras y conmovedoras del anime clásico.

La magia visual de Shingo Araki y Michi Himeno

Uno de los mayores triunfos de Tongari Boushi no Memole radica en su portentoso apartado visual. La dirección de animación y el diseño de personajes estuvieron a cargo de la legendaria dupla formada por Shingo Araki y Michi Himeno (mundialmente célebres por su trabajo en Saint Seiya y La Rosa de Versalles). En esta ocasión, la pareja canalizó una sensibilidad completamente distinta: trazos redondeados, miradas llenas de inocencia y una expresividad conmovedora.

Los fondos, inspirados en los paisajes alpinos europeos, parecen acuarelas vivas. La escala está brillantemente aprovechada: una gota de rocío, una seta o un gato doméstico se convierten en maravillas visuales o desafíos titánicos para la pequeña Memole y sus inseparables amigos Popitu, Rupangu y Pi.

¿Por qué merece ser recordada?

  • Narrativa sin cinismo: Aborda la enfermedad, el aislamiento y la diferencia desde el amor incondicional y la esperanza, sin caer en el melodrama artificial.
  • Banda sonora celestial: Las composiciones musicales y las piezas de piano acentúan la atmósfera mágica y bucólica de cada escena.
  • Pionera del slice of life curativo: Mucho antes de que el término iyashikei (anime sanador) se popularizara, Memole ya dominaba el arte de reconfortar al espectador.

Una obra maestra que acaricia el alma

Tongari Boushi no Memole no busca deslumbrar con batallas épicas ni giros de guion frenéticos; su grandeza reside en los pequeños detalles: el crujido de las hojas secas, el secreto compartido entre dos amigas y el calor de una lágrima sincera. Es una experiencia entrañable e imprescindible para cualquier amante del anime retro que busque reencontrarse con la magia más pura de la animación tradicional.

Veredicto Final wx4k
6.9
"Hay obras en la historia de la animación japonesa que poseen una cualidad casi curativa, una ternura tan genuina y artesanal que parece un bálsamo..."