A mediados de los años 2000, Production I.G decidió expandir el universo concebido en la película de culto Blood: The Last Vampire. El resultado fue Blood+, una odisea de 50 episodios que trascendió la simple etiqueta de «anime de vampiros» para consolidarse como una de las tragedias góticas y de acción más ambiciosas, desgarradoras y completas de su década.
El despertar de la espada y la sangre
La historia nos sitúa inicialmente en Okinawa, presentándonos a Saya Otonashi, una adolescente que lleva una vida pacífica junto a su familia adoptiva, afectada únicamente por una ligera anemia y la incapacidad absoluta de recordar nada previo al último año de su vida. Sin embargo, esa cálida cotidianidad estalla en pedazos cuando un quiróptero —una criatura monstruosa sedienta de carne humana— ataca su escuela.
La irrupción de Haji, un enigmático hombre vestido de negro que empuña un estuche de violonchelo, cambia las reglas del juego. Al hacerle beber su propia sangre, Saya experimenta una metamorfosis letal: entra en un trance feroz y, blandiendo una katana impregnada con su propio fluido vital (el único veneno capaz de cristalizar y destruir a estas bestias), decapita al monstruo sin vacilación. A partir de ese instante, la burbuja se rompe y Saya descubre la existencia del Red Shield (Escudo Rojo), una organización clandestina que la arrastrará a una guerra global donde desenterrará los oscuros secretos de su pasado inmortal.
Una travesía global cargada de dolor e identidad
Lo que eleva a Blood+ por encima de la media es su escala monumental. Lejos de estancarse en peleas episódicas, la trama emprende un viaje internacional que recorre Japón, la selva de Vietnam, los páramos helados de Rusia, la elegancia decadente de Francia y el corazón militar de Estados Unidos. Cada localización deshoja una capa de la historia contemporánea y entrelaza el mito de los quirópteros con conspiraciones militares, experimentación genética y guerras históricas reales.
El núcleo dramático de la serie reside en la pérdida de la inocencia. Saya debe aceptar que la dulce chica de Okinawa era solo una fachada y que su auténtica naturaleza es la de una reina predestinada a la matanza. Su némesis, Diva, no es un villano unidimensional; es el reflejo trágico y retorcido de lo que ocurre cuando un ser divino es privado de todo afecto humano.
Personajes grabados a fuego
La riqueza del elenco secundario es formidable:
- Haji: El epítome del guardián estoico y trágico. Su lealtad inquebrantable hacia Saya, cargada de un romanticismo melancólico, dota al anime de un aire clásico y elegante.
- Kai Miyagusuku: El hermano adoptivo de Saya, quien comienza como un lastre impulsivo y madura hasta convertirse en el pilar moral y humano de la serie, demostrando que el coraje no requiere poderes sobrenaturales.
- Los Caballeros (Chevaliers): Desde el carismático y dividido Solomon hasta el despiadado Nathan, cada uno de los servidores de Diva aporta matices fascinantes sobre la servidumbre, el deseo y la obsesión.
Apartado técnico: Una sinfonía cinematográfica
Visualmente, Production I.G hizo un trabajo impecable para los estándares de 2005. Las coreografías con katana son brutales, sangrientas y viscerales, manteniendo un peso cinematográfico constante. No obstante, el verdadero triunfo del anime radica en su apartado sonoro. Con la producción musical a cargo de Hans Zimmer y la composición épica y desgarradora de Mark Mancina, la banda sonora es una obra de arte por derecho propio, sin olvidar una selección de temas de apertura y cierre legendarios a cargo de artistas como UVERworld, Hyde y Angela Aki.
Veredicto final
Blood+ es una obra maestra del drama sobrenatural. Es una serie madura, paciente en su desarrollo pero implacable en su clímax emocional, que comprende que el verdadero horror no reside en los monstruos que acechan en las sombras, sino en la soledad de la inmortalidad y las pérdidas irreparables que deja la guerra a su paso. Una cita obligatoria para cualquier amante del buen anime de acción y terror gótico.